Una Navidad Fugaz

24 de Diciembre

“Espero poder confiártelo todo como aún no lo he podido hacer con nadie, y espero que seas para mí un gran apoyo.” Empezaba unos de los más grandes, conocido e importante diario de la historia de la humanidad. Pero realmente yo no espero que este, mi diario, llegue tan lejos. Sinceramente no creo que llegue a manos de nadie, porque la situación actual del mundo es desastrosa.
Esta mañana he mirado el calendario y me he sorprendido al ver que estábamos en épocas de Navidad y he sentido añoranza al acordarme de las anteriores, con mis padres. Vale, está bien, solo tengo dieciséis años y no han sido muchas fiestas las que he pasado y todavía menos las que recuerdo con certeza, pero las echo de menos. Sobretodo el sentimiento de compañía y alegría que caracteriza estas fechas.
Hace unos meses, la humanidad ha sido atacada por un tipo de monstruos. La piel la tienen seca, llena de quemaduras y más podrida que otra cosa. La mayoría de esos seres, desprenden mal olor, les falta algún miembro y la piel se les cae poco a poco. Por la televisión han emitido alguna que otra secuencia de ellos y tengo tan mala suerte que me he encontrado a uno y... bueno, no tengo ganas de revivir aquel momento.
En fin, volvamos al tema navideño.
Era tradición en casa, poner el árbol en el recibidor dos semanas antes de las fiestas. Recuerdo que de pequeño, papá, me cogía en brazos y me elevaba a lo alto de la planta artificial para colocar la estrella en la punta. En mi religión, es un símbolo de esperanza, un guía, pero yo nunca lo he entendido.
En realidad todo empezó el día de antes que íbamos a colocar el árbol. El Gobierno Central, reclamaba a todos los adultos del país para ayudar a exterminar a esta plaga de bestias y para esconderme, mis padres me dejaron en la casa que teníamos para pasar el verano en medio de un frondoso bosque. Llegamos y me dijeron: Apáñatelas como puedas, hijo. Después de eso se marcharon, pegando un ligero portazo y dejando un gran vacío en mí. No voy a negar que no lloré, ni tampoco que no pasé miedo, todo lo contrario, pero llegó un día en el que me dí cuenta de que maduraba y salía a valerme por mí mismo o moría en esa antigua casa. En un par de días o poco más he tenido que aprender lo básico de la supervivencia y ejercerlo, sino acabaría peor que uno de esos bichos que se esconden en la oscura noche y aparentemente se alimentan del miedo humano, ¿o de la misma carne?

25 de Diciembre

La mañana ha sido fría, como todas desde que llevo aquí. He corrido la cortina y para mi sorpresa hay un palmo de nieve en el suelo. Después de vestirme y abrigarme lo suficiente cojo un hacha que encontré en la guardilla del edificio y me la llevo conmigo a ver si consigo cazar algún animal para celebrar, más o menos, la Navidad.
Las botas dejan las huella de la suela bien marcadas en la nieve, pero lo más seguro es que cuando vuelva al anochecer, no estén. Antes de adentrarme en el bosque, cojo con la mano desnuda el frío suelo, haciendo una bola con la nieve y tirándola lo más lejos posible. La verdad es que nunca he visto la nieve, hasta ahora, pero no creo que sea el mejor momento para ponerme a jugar con ella.
Después de horas caminando y desesperado por no encontrar nada, decido dar media vuelta pero al girar me doy cuenta que me todo es igual y que no sé por donde volver. En definitiva, me he perdido. Decido empezar a correr sin rumbo fijo, aún con el arma en la mano.
Las horas pasan y el sol se pone. Una extraña sensación de angustia me recorre el cuerpo y me tropiezo con no se qué y caigo al suelo, quedando inconsciente.
Despierto estando todo oscuro, sin poder verme a penas los pies. Por suerte la luna ilumina con su tenue luz dejando distinguir alguna que otra silueta. Me agacho para recoger el hacha que había salido disparada cuando he caído y sigo moviéndome sin rumbo fijo, con esperanza de salir a algún lado.
Sin saber cómo salgo a un claro, donde a lo lejos distingo una silueta de una persona que camina coja de una pierna. Por desgracia no me fío, podría ser una bestia de las muchas que hay sueltas y para comprobarlo cojo una piedra y la tiro, alcanzando su brazo izquierdo. Al segundo suelta un grito inhumano y me aseguro de que no es una persona. Levanta la vista y me ve. Corre hacia a mí y yo hacia algún lugar entre la vegetación.
Las piernas se me cansan y la fatiga se apodera de mí. Me paro un segundo a tomar aire y sin saber cómo noto su respiración en la nuca. Mi corazón se detiene por un momento y me pega un puñetazo en la cabeza. Por suerte mis reflejos aún funcionan bien y me aparto dándole un golpe con la hoja del hacha en el cuello. Vuelve a gritar. Aprovecho que está agonizando para asestarle otro golpe en la frente y le dejo clavada el arma ahí. Yo corro y escalo a lo que parece un aveto. Me pincho con las hojas y con ello pienso en la Navidad, en mis padres, en mi familia, en la felicidad. Las lágrimas brotan de mis ojos, pero cuando estoy a una altura considerable, consigo distinguir una gran estrella que brilla más que la propia luna y segundos después de contemplarla desaparece fugazmente.

Eso me hace entender que no estoy solo, que nunca lo he estado. Aunque mis padres me hayan abandonado por una buena causa, ellos siempre serán mi estrella de navidad que iluminará mi camino.
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3 comentarios :

  1. ¡Hola Toni!
    Que relato más bonito, un poco más y se me saltan las lágrimas.
    Un beso ♥

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  2. ¡Excelente relato! Pasate pormi blog, es nuevo, pero irá mejorando: http://sleeplessnightsandbooks.blogspot.com.es/

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